Mi historia completa

Mi historia completa

Hasta hace muy poco, cuando alguien me preguntaba a qué me dedicaba, respondía que era mentora de negocios.

Acompañaba principalmente a mujeres mayores de 50 años que querían llevar sus conocimientos, profesiones o emprendimientos al mundo digital. Juntas trabajábamos su propuesta, su contenido, sus productos, la manera de vender y las estrategias que podían ayudarlas a conseguir resultados más constantes.

Yo buscaba la mejor estrategia para cada una. Analizaba su negocio, pensaba alternativas, corregía lo que no funcionaba y trataba de encontrar ese camino que le permitiera avanzar.

Pero había algo que empezó a llamarme la atención.

Dos mujeres podían recibir las mismas herramientas, comprender perfectamente qué tenían que hacer y contar con mi acompañamiento. Sin embargo, una avanzaba mientras la otra permanecía detenida.

Durante un tiempo pensé que el problema estaba en la estrategia. Quizás necesitaba explicarla mejor, simplificarla o adaptarla todavía más.

Hasta que empecé a ver un factor común que no estaba en Instagram, en la tecnología ni en el sistema de ventas.

Estaba en la historia que cada mujer se contaba.

Lo que sucedía antes de aplicar cualquier estrategia

“No soy buena con la tecnología.”

“Ya es tarde para mí.”

“Hay demasiadas personas haciendo lo mismo.”

“Si vendo, van a pensar que solo me interesa el dinero.”

“Necesito aprender un poco más antes de empezar.”

“No tengo nada diferente para ofrecer.”

Esas frases no eran simples objeciones. Eran la interpretación desde la cual cada mujer miraba sus posibilidades.

Y esa mirada terminaba influyendo en todo.

En lo que se animaba a mostrar. En cuánto cobraba. En la manera en que hablaba de su trabajo. En las decisiones que postergaba. En su constancia. Incluso en su capacidad para reconocer las oportunidades que ya tenía delante.

Comprendí que una estrategia podía ser correcta y, aun así, no dar resultado si la mujer que debía llevarla adelante seguía creyendo que no era capaz, que no estaba preparada o que ya había perdido su momento.

No era solamente una cuestión de negocios.

Y cuanto más lo observaba en ellas, más empezaba a reconocerlo en mí.

Cuando la pregunta regresó hacia mí

Mientras intentaba ayudarlas a revisar sus miedos, sus creencias y la manera en que interpretaban lo que les sucedía, yo también empecé a preguntarme desde qué lugar estaba viviendo.

Había construido una marca alrededor de algo que sabía hacer. Había estudiado, experimentado y acompañado a muchas mujeres. Tenía conocimientos, experiencia y una comunidad.

Pero algo dentro de mí comenzó a decirme que ya no quería seguir hablando solamente de estrategias.

No porque hubieran dejado de ser útiles.

Sino porque ya no me alcanzaban para explicar lo que veía.

La mejor estrategia no podía resolver el miedo a mostrarse. Un calendario de contenidos no podía hacer que una mujer creyera en su propia voz. Una nueva herramienta no podía darle permiso para elegir una vida diferente.

Y tampoco podía resolver lo que empezaba a moverme a mí.

Llegó un momento en que tuve que reconocer algo incómodo: lo que hacía ya no me representaba por completo.

No estaba rechazando todo mi recorrido. Tampoco estaba abandonando a las mujeres con las que había trabajado.

Estaba descubriendo que mi verdadera pregunta era más profunda.

Y, en realidad, no era una pregunta nueva.

“Mamá, ¿cuándo vas a ser feliz?”

En 2003 yo tenía 35 años. Estaba casada, tenía tres hijos varones y, desde afuera, mi vida podía parecer una vida resuelta.

Económicamente vivíamos bien. Teníamos una familia y una estructura que parecía funcionar.

Sin embargo, yo sentía un vacío que no sabía explicar.

Durante mucho tiempo había sostenido mi matrimonio pensando en mis hijos. Me repetía que debía esperar, aguantar y preservar la familia. Creía que esa era la decisión correcta, aunque por dentro supiera que estaba viviendo una vida que ya no sentía como propia.

Un día, Lucas, que tenía 10 años, me hizo una pregunta:

“Mamá… ¿cuándo vas a ser feliz?”

No fue un discurso. No intentó convencerme de nada.

Solo hizo una pregunta.

Pero esa pregunta atravesó todas las explicaciones que yo había construido para seguir viviendo de la misma manera.

Meses después tomé una de las decisiones más difíciles de mi vida: me separé.

Durante mucho tiempo pensé que aquella decisión había sido la respuesta. Con los años comprendí que solamente había sido el comienzo.

Porque cambiar una situación externa no significa que inmediatamente aprendamos a vivir de otra manera.

Yo todavía tenía mucho que descubrir sobre mis miedos, mis elecciones, mi relación con el dinero, mi necesidad de controlar y las historias que también yo repetía sin darme cuenta.

Una búsqueda que nunca terminó

Desde aquel momento supe que había algo que no sabía.

Y sentí que mi misión era encontrarlo.

Leí, estudié, hice cursos, emprendí, me equivoqué y volví a empezar muchas veces.

Hace aproximadamente trece años comencé junto con mi marido un negocio de venta directa. Durante cinco años formamos equipos y acompañamos personas. Más adelante ingresé a una comunidad que enseñaba a vender por internet. A los tres meses me convertí en mentora y permanecí allí durante tres años.

Después me fui y creé mi propia comunidad.

Cada etapa me enseñó algo. Aprendí sobre personas, comunicación, negocios, tecnología, ventas y acompañamiento. Pero, sobre todo, confirmé que detrás de cada proyecto siempre hay una persona intentando atravesar sus propios límites.

También confirmé algo sobre mí: cuando siento que un lugar, una idea o una manera de vivir ya no me representa, tarde o temprano necesito volver a elegir.

A veces lo hice con seguridad. Otras veces me fui sin saber bien qué venía después.

No siempre tuve un plan.

Pero aprendí que permanecer en un lugar solo porque es conocido también es una decisión.

Empezar a mirar de nuevo

En los últimos años, distintas lecturas fueron ayudándome a ponerle palabras a muchas cosas que había experimentado.

Entre ellas, Un Curso de Milagros me invitó a observar cuánto de lo que vivimos está condicionado por nuestra manera de interpretar, por el pasado que llevamos al presente y por el miedo desde el que tantas veces elegimos.

No quiero enseñar el Curso ni presentarme como maestra espiritual.

Yo también estoy aprendiendo.

Lo que deseo es acercar algunas de esas ideas a las situaciones comunes de nuestra vida: una discusión, el temor a envejecer, la relación con nuestro cuerpo, la necesidad de tener razón, el enojo con alguien, la incertidumbre económica o la sensación de que ya es tarde para cambiar.

Porque una idea solo empieza a tener sentido cuando podemos reconocerla en un martes cualquiera, en nuestra casa, frente al espejo o conversando con alguien que amamos.

El día en que mi marca también tuvo que cambiar

Entonces comprendí que ya no quería construir una marca solamente alrededor de un conocimiento.

Quería construirla alrededor de una forma de vivir.

No quiero hablar únicamente de negocios ni limitarme a enseñar herramientas. Quiero conversar sobre esos temas que atraviesan la vida de una mujer: el paso del tiempo, los vínculos, el cuerpo, los sueños postergados, la gratitud, el miedo, el control, el perdón y la posibilidad de elegir nuevamente.

No para ofrecer respuestas cerradas.

No para decirte cómo deberías vivir.

Y mucho menos para prometerte que, si pensás de determinada manera, nunca más vas a tener problemas.

Quiero compartir las preguntas que me ayudaron a mirar mi propia vida desde otro lugar.

Algunas comenzaron hace muchos años. Otras aparecieron esta mañana.

Por qué nace este espacio

Este blog nace para reunir esas conversaciones.

Algunas partirán de experiencias personales. Otras, de algo que observe en una mujer, de una lectura, de una situación cotidiana o de una pregunta que todavía no sé responder.

Vamos a hablar de mirarnos al espejo sin buscar inmediatamente lo que está mal. De agradecer sin negar lo que duele. De respirar y volver al presente. De los hijos que crecen, de los vínculos que cambian y de la mujer que queda cuando algunos de sus roles ya no ocupan todo el espacio.

También vamos a hablar de volver a soñar.

No porque después de los 50 haya que inventarse una vida extraordinaria, sino porque quizás todavía existan deseos que nunca nos permitimos escuchar.

No estoy acá porque tenga todas las respuestas.

Estoy acá porque aprendí el valor de hacerme preguntas.

Y porque aquella pregunta que Lucas me hizo cuando tenía 10 años todavía me acompaña:

“¿Cuándo vas a ser feliz?”

Hoy ya no la escucho como una exigencia.

La escucho como una invitación a detenerme y revisar si la vida que estoy viviendo sigue siendo la vida que quiero elegir.

Tal vez mi historia no se parezca a la tuya.

Pero mientras la leés, quiero proponerte algo: no busques nuestras coincidencias. Hacé una pausa y preguntate:

¿Qué parte de esta historia también habla de mí?

Quizás no necesites cambiar toda tu vida.

Quizás, por ahora, solo necesites mirarla de nuevo.